El largo adiós
Había sido un asesinato brutal. La mujer era muy joven, muy guapa y muy rica. Y era la hija de un tipo Influyente, que además tenia una cadena de periódicos, El caso podía ser sencillo y transparente, o convertirse en un escándalo si empezaba a saberse que la chica era ninfómana, que se había comprado un marido para cubrir las apariencias y que entre sus más intimas amistades habia gente con dinero y fama suficientes para contratar los detectives por docenas. Y para que el caso fuera sencillo y transparente sólo se necesitaba un buen chivo expiatorio. Un hombre muerto es el mejor chivo expiatorio del mundo: ya no podrá hablar. Y la cosa mejora si además se ha suicidado en una remota aldea mexicana y ha dejado una confesión inculpatoria. Pero Marlowe habia tenido tratos con aquel hombre y le había tomado cariño. Era un derrotado, pero tenia clase y sabia beber gimlets; era lo más parecido a un amigo que el detective podía esperar. Por eso no le gustó que muriera, no le gustó verle convertido en chivo expiatorio y aún le gustó menos que trataran de utilizarle a él, Philip Marlowe, para rematar la juga-da. Por eso tardó tanto en echar un puñado de tierra sobre la tumba. Por eso fue un largo adiós.