Recomendado

La hora de todos y la fortuna con seso: Marco Bruto

Editorial: Hyspamerica
Año: 1985
Páginas: 290
ISBN: 84-85471-78-4
Disponible
$10000
Leído. Buen estado, alguna manchita en borde, adentro bien (ver foto).

Quevedo, que vio tantas cosas, vio la declinación de su España y la cantó en famosos y nobles versos (Miré los muros de la patria mía / Si un tiempo fuertes, ya desmoronados) y en una epístola censoria que se atreve a empezar con un verso un tanto ridículo (No he de callar por más que con el dedo), porque su autor sabía, como Shakespeare, que cualquier principio era bueno y que su genio era capaz de proseguir y de levantar el poema. Siempre lo arrebató la pasión política; distraído por las ruinosas guerras de Flandes y por las esperanzas cortesanas, puede afirmarse que no vio el descubrimiento de América, de la que sólo le importaron los metales preciosos y los galeones acosados por los corsarios. Era un hombre sensual y hubiera querido ser un asceta, y acaso alguna vez lo fue, ya que algo monacal había en él. Saboreaba cada palabra del idioma español. La germanía del hampa y el dialecto de Góngora, su enemigo, le interesaron por igual. Exploró el hebreo, el árabe, el griego, el latín, el italiano y el francés. Leyó a Montaigne, a quien llama el señor de Montaña, pero éste nada pudo enseñarle. Ignoró la sonrisa y la ironía y le complacía la cólera. Su obra es una serie de experimentos o, mejor dicho, de aventuras verbales.

Hemos elegido dos libros. Uno, La hora de todos, consta de invenciones fantásticas: las casas que se mudan de los dueños, el hombre que se da un baño de piedra mármol y que se reviste en estatua, el poeta que lee un manuscrito tan oscuro que no se ve la mano que lo sostiene y acuden búhos y murciélagos. El estilo, como se ve, es exacerbadamente barroco; en otra página se lee: «El corambovis iluminado de panarras, con arreboles de brindis.»

El Marco Bruto corresponde a esa nostalgia del latín que aún perdura en todos los idiomas occidentales. En sus trabajadas sentencias el castellano es casi latín. Quevedo había traducido el Rómulo del marqués de Malvezzi, que sería su modelo. Párrafo por párrafo, va traduciendo y comentando el texto griego de Plutarco.

Don Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid en 1580 y murió en esa misma ciudad en 1645. Lugones, que es nuestro Quevedo, lo juzga el más noble estilista español.